No disfruto con los ordenadores ni las redes sociales, me producen fobia y desconcierto. Así que muy a mi pesar, me vuelvo a encontrar atrapada en los enredos de la modernidad. ¿Y cómo dices esto si así lo estás ejecutando? Pues por la dificultad en nuestros tiempos de poder hacer llegar tu voz, silenciosa, entre los gritos apabullantes de la multitud. Una multitud egocéntrica que se desnuda sin pudor colocándose bajo el foco del escenario; todos haciendo lo mismo, sin mirarse más que a sí mismos y, no obstante, creyendo que los demás reparan atención en ellos.
Yo sé que a mí nadie me mira, solamente mi madre se desvive por ello. Y aún así llegará el día en que no quede nadie y pase al olvido, mas no me importa. El vacío, la oscuridad y la muerte no me aterran, pues para mí la muerte es vida, y nueva. Es uno de los temas que más trato en mi escritura.
Volviendo al punto: el placer de la escritura vino a mí desde los seis años, podría bajar uno tal vez sin errar. Siempre destaqué en esa área, como en las calificaciones escolares en general. Con quince comencé mi primera novela, la cual dejé hacia la mitad ¡con unas casi 400 páginas! No la volví a leer aunque la conservo con un grato afecto. A los 18 escribí la mitad de otra, más breve. Durante la adolescencia contacté con otras formas de expresión artística como el dibujo y el ballet. Por años me vi apabullada con tantas aficiones que no supe qué rumbo profesional adoptar. Lo atrasé un periodo debido a problemas de salud e inestabilidad emocional. Finalmente escogí algo práctico y que podría gustarme, en lo que trabajo actualmente, aunque lejos de mi verdadera pasión, que se marchitó.
Dormida la creación se quedó hasta 2018, momento en que atravesé por enésima vez problemas personales y tuve que dejar el trabajo. Como si de la nada hubiera emergido, las hadas que se hicieron mis amigas aquel verano de 2012, tocaron mi inspiración. Agarré del polvo aquella novela y en menos de dos meses la acabé (extensión de unas 290 páginas). Quise llevar mi sueño al máximo y me embarqué en la locura de una publicación (lo que contaré en otra entrada). En pocos meses la tuve entre mis manos, pero, la mariposa de las letras volvió a morir hasta otoño del año pasado.
Un mes antes de casarme, en las nuevas tierras que habitaba, decidí luchar una vez más por lo que creo "mi verdadero don". Leí acerca de los certámenes literarios y en pocos meses me presenté a varios con relatos breves. Mi impulsividad es más fuerte que mi raciocinio, y mi memoria más semejante a un invertebrado. ¡Había olvidado gran parte de las normas ortográficas, estilísticas y de puntuación! (Cabe decir que probablemente exagero, sin embargo, podía ahogarme perfectamente entre mis propias líneas y consultar el diccionario más que el móvil). Así que las desilusiones no tardaron en llegar, pero mi determinación era mayor y volví a repasar arduamente mis textos, estudiando y corrigiendo para volver a enviarlos ya pulidos a otros concursos.
Y con el esfuerzo llega la recompensa, pero eso es otra historia ☺.

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